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Acción Familia 25 Diciembre 2005
Era
la Nochebuena de 1223 y los vecinos de Greccio, un pueblecito de
Italia, se habían reunido en una gruta para representar el nacimiento
del Niño Dios. Debido al frío, la única figura no humana era la de
Jesús. Un hombre pobremente vestido se aproximó a
la imagen y le besó respetuosamente los pies. Según la leyenda, el niño
cobró vida, extendió sus bracitos hacia él y le sonrió. Aquel hombre,
Giovanni Bernardone, es más recordado por el nombre de Francisco de
Asís.
Se
asegura que los franciscanos italianos, para recordar aquel hecho
milagroso, siguieron haciendo escenificaciones que fueron el origen de
los Nacimientos, o al menos a este hecho se le atribuye el inicio de
esta tradición.
Otros testimonios históricos citan que también se realizaron
escenificaciones en 1252, en el monasterio de Füssen, Alemania, y en
1300 en la catedral de Barcelona.
Aunque la costumbre de representar la natividad de Jesús con seres
vivos aún se mantiene en bastantes lugares, el miniaturizado Portal de
Belén, el Nacimiento o el Pesebre -que son con los distintos nombres
con que se le conoce- ha sido, desde hace generaciones, un rincón
tradicional en los hogares andaluces. ¡Cuantos villancicos habrán
escuchado las pequeñas figuritas de barro! ¡Cuantos peces habrán bebido
en el río! ¡Cuántos reyes llegaron por el arenal…! Porque, además,
nuestro pueblo -todo garganta y emoción- tiene la ventaja de que no
necesita instrumentos de acompañamiento. Y cuando le parecía, se los
inventaba. Igual servía el almirez que la rugosidad adiamantada de la
botella de anís.

Aparte
de la leyenda citada que dio origen a los Nacimientos, de veracidad más
o menos contrastada, lo que si está comprobado es que las primeras
imágenes con las que se reproducía la llegada de Jesús fueron
realizadas en Italia en la segunda mitad del siglo XVII, época en que
la escultura barroca religiosa tuvo un destacado esplendor. Algunas de
estas figuras alcanzaron tamaño natural e iban vestidas con ricos
ropajes y pelucas.
En España se introduce esta moda de la mano del rey Carlos III, que
habiendo conocido y admirado en Nápoles estas creaciones, encarga a dos
artesanos valencianos la copia de figuras napolitanas. Según registros
llegaron a realizarse en ese encargo unas seiscientas piezas. Por aquel
entonces las figuras estaban primorosamente modeladas sólo en la parte
visible: cabeza, brazos, manos, piernas y pies. El cuerpo estaba
relleno de fibras vegetales que le conferían gran adaptabilidad a las
distintas posiciones. Los vestidos se les confeccionaban, a veces, con
bordados e hilos de oro para la Virgen y a San José, y con tejidos más
rústicos para los pastores.
La moda del belenismo se extiende por toda Europa durante los siglos
XVII y XVIII, realizándose las figuras con las más variadas formas y
materiales, según las tradiciones artesanales de cada lugar. En Italia
se hacen unas bellísimas imágenes de porcelana, en Cappodimonte. En
Baviera y en el Tirol las figuras son tallas de madera con vestidos de
tela. En Austria, además, las figuras son de cera con ropajess de tela
o de papel. En Francia, durante el reinado de Luis XIV son abundantes
los Nacimientos que fabrican con todo primor los Carmelitas de Arlés y
los Cartujos de Avignon. La Revolución que hizo rodar cabezas con su
guillotina también cercenó esta actividad religioso-artesanal.
En España numerosos artistas, algunos de gran renombre, trabajaron
estas figuras tradicionales. Son de destacar Francisco Salcillo
(1701-1783) y con anterioridad Luisa Roldán “La Roldana” (1656-1783).
Salcillo siguió el estilo napolitano, de gran naturalismo realista,
similar al que empleo para la realización de sus imágenes para pasos
procesionales.
Casi a principios del siglo XIX comienzan a modelarse figuritas de
arcilla, con un alma de madera, que eran cocidas al horno y
policromadas a pincel. Algunas de estas piezas (como la que se puede
ver al principio de la segunda columna) llegaron a alcanza una altísima
calidad artística y un extraordinario realismo. Durante algún tiempo, a
partir de 1825, también se fabricaron figuritas de plomo fundido.
Poco a poco se industrializa la fabricación, se hacen mayores series
y se abarata su precio, con lo que también crece la fauna y la variedad
de figuras. Se añaden animales domésticos: gallos y ovejas; pescadores,
reyes Magos, pajes y camellos.
El montaje del Nacimiento seguía en los hogares una especie de
ritual, que comenzaba al desenvolver, como viejos tesoros, las
figuritas y los objetos guardados. El reencuentro con lo ya olvidado,
como el molino al que le quedó rota un aspa, el castillo de Herodes que
habría que situar siempre en la lejanía, la estrella de oriente con su
curvada cola, el ángel que colgaba del portal…
Y se seguía con la realización material del Nacimiento. Se fijaban
con chinchetas los fondos de papel cuajados de estrellas, se hacía el
río con papel de plata -o con algún inservible espejo roto- se colocaba
la bombilla roja dentro de la gruta o del pesebre, y todo ello era,
durante horas, el centro de atención de la chiquillería.
Desgraciadamente
esta vieja tradición -para la que no hacía falta ni siquiera ser
creyente- está cediendo ante la invasión de los abetos y árboles
navidad de origen nórdico, de Santas Claus “papás noeles” y de
horrorosos pseudo-árboles de material plástico.
Hay tradiciones que es una pena que se pierdan, y esta es una de ellas.
por Antonio Guerrero
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