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Cuentos


Cuento de Navidad esperando uno más

María del Carmen Antoja

Un niño se acerca a su Portal de Belén, contempla al pequeño Jesús y las lágrimas corren por sus mejillas.

La mamá de Javi se detiene al lado de su hijo, Javi solamente tiene siete años pero sabe mucho de  amor. La jóven mamá espera un bebé, está de pocas semanas pero Javi ya lo sabe porque de noche le despertaron los gritos de sus papás, ellos discutían porque el nuevo bebé no entraba en sus planes, primero tenían que acabar de pagar la hipoteca de su casa, comprarse un nuevo coche, ya que el que tienen lleva cuatro años rodando, los gastos son muchos y un nuevo hijo les viene a desbaratar su economía.

http://www.aragonliberal.es/adm/shimgGrande.asp?anyo=2010&notid=32480&imgno=1

Javi sigue llorando junto al Belén, su mamá le pregunta ¿por qué lloras hijo? el niño responde, ves mamá, Jesús nació pobre, no tenía ni siquiera una cunita dónde dormir, pero sus papás le querían mucho, yo quiero a mi hermanito, le prefiero a él, antes que a un coche nuevo, yo le dejaré mi ropa y mis juguetes, le enseñaré a jugar y a reir, cuándo yo nací, ¿tampoco estábais contentos? ¿no me queríais? sabes mamá, esto es lo que me pone triste.

La mamá de Javi se conmovió, entonces ella observó con detenimiento el Belén que todos los años ponían en su casa, nunca se había fijado en la pobreza del nacimiento del Redentor, su niño le había mostrado la realidad de la vida, y es que, el amor supera todos los obstáculos, los bienes materiales están a nuestro servicio, pero ante todo está el ser humano.

A partir de aquél día los papás de Javi esperaron con inmensa alegría el nacimiento de su segundo hijo, el Nacimiento de Jesús fué el mejor ejemplo para ellos y Javi fué muy felíz al ver que toda la casa rebosaba alegría esperando la llegada de su nuevo hermanito.

Por foro aragón liberal - 26 de Diciembre, 2010, 16:55, Categoría: Cuentos
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Más que una felicitación: ¡Él es así!

Por: Remedios Falaguera

“Despiértate, hombre: porque por ti Dios se ha hecho hombre” (San Agustín)

Dentro unos pocos días, en muchos hogares cristianos, celebraremos el acontecimiento que tanto bien ha hecho a los hombres, el más importante de la humanidad: ¡El Niño Dios ha nacido!
No hay nada que nos haya hecho tanto bien a los hombres, como lo que ocurrió hace 2000 años en un pueblecito de Israel. Nada.


Es más, como ocurrió hace 2000 años en un pueblecito pequeño que tiene por nombre Belén, cada Navidad “llama a la puerta de nuestro corazón”. En el silencio de la noche, y desde la  pobreza de un sencillo establo “nos pide que le hagamos un espacio en nuestra vida. Dios es así: no se impone, no entra nunca con la fuerza; al contrario, como un niño, pide ser acogido”.

Efectivamente: ¡El es así!

 “Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Dios es tan potente que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso, a fin de que podamos amarlo. Es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, de este modo, su bondad nos toque, nos sea comunicada y continúe actuando a través de nosotros. Esto es la Navidad: "Tu eres mi hijo, hoy yo te he engendrado". Dios se ha hecho uno de nosotros, para que podamos estar con Él, llegar a ser semejantes a Él”.

Y “porque el Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, el hombre puede, en él y por medio de él, llegar a ser realmente hijo de Dios”.

De ahí, la alegría y el orgullo que nos invade, como decía  San Josemaría Escrivá de Balaguer:
”Dios es un Padre — ¡tu Padre!— lleno de ternura, de infinito amor.

—Llámale Padre muchas veces, y dile —a solas— que le quieres, ¡que le quieres muchísimo!: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo”.

Por ello, toda nuestra vida debe ser la vida de los hijos de Dios. Hijos que sienten, piensan y actúan como lo que son. Hijos que tienen un trato familiar e intimo con su Padre, de abandono en sus brazos, de aceptación a  sus designios, de dialogo continuo y confiado, de miradas llenas de  complicidad,… ¡Porque Dios es mi Padre, y esta verdad cambia toda mi vida!

“Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.

     Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando.

     ¡Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo haré más! —Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo... Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende..., a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien!

     Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos” (San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino 267)


Y en el pesebre, el “Niño Dios”, pequeño e indefenso, me pide que confíe en El, que me deje querer por El, que no le abandone nunca, que le dé la oportunidad de hablarme, de enseñarme, de ayudarme… de quererme.

Para El toda la gloria porque El toma la iniciativa… Solo necesita nuestro amor.

“Quisiera que al mirar al cielo
No vieses más que una estrella
No vieses a los pájaros
Ni a la luna llena.
Que Su resplandor te ciegue
Que reluzcan tus ojos
Que tu corazón se llene
De alegría y de gozo”
(Villancico original, Colegio Guadalaviar)

¡Feliz navidad a todos!

Remedios Falaguera

Por Remedios Falaguera - 22 de Diciembre, 2010, 8:36, Categoría: Cuentos
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Nisha: Un cuento de Navidad

En Aragón Liberal


Este cuento es de otro, me lo han contado y, aunque quizá invente algo, el fondo y la trama merecen que se respete.


Es la "historia de Nisha", o mejor, es un fragmento de su vida. ¿Qué será ahora de ese niño?


Rusia, un orfanato.


Ha caído el muro de Berlín, se desmorona el comunismo y se abre Rusia a una esperanza de tiempos mejores. ¿Libertad? La fe en ese país ha sido tarea de abuelos, quizá la historia podría ser la del abuelo de Nisha contando relatos navideños. Pero Nisha no tiene abuelo, no tiene ni padres, está solo. ¿Sólo? No, vive con otros niños en un orfanato. Y ha llegado la Navidad.


Un pope sube al colegio invitado por los que gestionan la entidad. Ahí sí hace frío, las huellas del anciano, porque es anciano, se marcan en la nieve, dejan señal, una señal de entrega, porque vale la pena contar a esos niños, ¡por primera vez! una Historia de Navidad. ¿Qué habrán escuchado esos niños en un país empecinado en erradicar a Dios de los corazones?


Los niños saben que el día es algo grandioso, es una Fiesta, pero la sorpresa que tienen preparada los cuidadores es la visita del anciano que cautiva a los niños por sus ojos llenos de emoción, por su barba de nieve, por su gorro y vestimenta hasta ahora nunca vista.


Y el pope cuenta... cuenta la Historia que todos nosotros rememoramos en Navidad. Los niños quedan embelesados, algunos incluso dejan derramar sus lágrimas ante ese otro Niño que nace sin un hogar que le acoja.


Cuando el pope se va, los maestros encargan a los niños que dibujen la escena que han escuchado. Ellos ven que en un rincón del aula hay un Belén y, prácticamente, todos hacen una réplica del Belén. Todos menos uno, Nisha, que hace un dibujo peculiar, un Belén con dos niños.


Asombrado su tutor de ese dibujo llama a Nisha y le pregunta por la Historia narrada. Nisha es muy inteligente y describe todo con fidelidad hasta el momento en el que María pone al Niño, envuelto en pañales, en el Pesebre. Ahí la Historia cambia.


Cuenta Nisha:
"Y entonces el Niño me miró y me preguntó si tenía algo que entregarle como los pastores. Yo le contesté que no tenía nada, ni padres, ni ovejas. Y, entonces pensé qué podría darle... y le dije: Que tenía el calor corporal, que se lo podía dar si me dejaba estar con él. Él me sonrió y me dijo que eso bastaba, que se lo diese y que Él siempre estaría conmigo. Entonces entré en el Pesebre y le di calor con mi cuerpo.


María y José miraban y aprobaban mi osadía".


Y se hizo un silencio. Los maestros piensan que Jesús le dijo a Nisha verdaderamente que "siempre estaría con él". Su audacia fue un ejemplo para todos. Y hoy, acabada la Navidad, podemos continuar dando el calor de nuestro cariño a ese niño que es Dios y Él siempre estará con nosotros.


frid

Por foro aragón liberal - 8 de Enero, 2010, 8:21, Categoría: Cuentos
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Leví el Pastorcillo

En Aragón Liberal

El cuento de Leví, de José María Javierre:

 

Leví era casi un renacuajo. Doce años, desgraciados. Murió su padre cuando el niño contaba un año escaso. Con el padre se fueron los ahorros. La madre, mitad de pena mitad de hambre, cayó enferma. Desde siempre, Leví conoció a su madre enferma. Quienes asistieron a la boda aseguran que la madre de Leví fue muy hermosa. Pero la muerte del marido la dejó atontada, la hizo vieja prematura. No tuvo ni fuerzas para sobreponerse a la desgracia; vecinas dicen que se había vuelto medio tonta. Una locura pacífi­ca, sin arranques de ira, siempre mansa, siempre callada. A no ser porque una vecina cuidó de que al pequeño no le faltara cada mañana un mendrugo de pan y un jarro de leche, Leví no hubiera pasado de los tres o cuatro años. Se salvó. Raquítico, eso sí, pero bueno: con una luz clara en sus ojazos grandes. Como si los sufrimientos le hubieran adelantado el uso de razón, a los cinco años se daba perfecta cuenta de la desgracia de su madre. Y se dedicó a hacerle compañía, a consolarla con caricias. Pasaba horas muertas en la choza, al pie del catre donde reposaba la enferma. Sin aquella luz que le brillaba en los ojos, todo el mundo hubiera dicho que también el pequeño Leví estaba tonto: no correteó con los camaradas, no brincaba por los montes, nunca reía. Pero aquella luz de sus ojos, triste y terriblemente confiada, como si alguien le dijera que un día...

A los diez años, la vecina que regalaba pan y leche a la enfer­ma y al niño consiguió para Leví un puesto de zagal en los rebaños de Belén: así le daría el sol y el viento. La enferma podría doblar su ración de pan y leche con lo que a Leví le regalaran los pastores.

De los diez a los doce años, Leví dio un buen estirón. Pero aún quedó en renacuajo. Le gustaba correr detrás de las ovejas. Hacía turno de día y de noche, durmiendo al raso en el tiempo sereno y acurrucado en la corraliza si el cielo estaba destemplado. Los pastores le querían. Cada tarde le dejaban un rato libre para escapar del campo a la choza y visitar a su madre. Casi siempre le regalaban nueces, pasas, requesón. Leví, contaba a la enfer­ma las peripecias del rebaño, las mañas de los pastores; y que el mayoral le ha prometido un corderillo para la fiesta de los Tabernáculos...

Llegaron juntas la fiesta y la desgracia. El mayoral cumplió su palabra: por los Tabernáculos Leví, recibió un corderito gordezuelo y juguetón, bien vestido de lana rizada y con dos ojos que parecían estrellas de las que cada noche el zagal veía relucir sobre el cielo de Belén. Había que ver aquella tarde a Leví, que apretaba con sus brazos enclenques al corderillo contra el pecho, camino de su choza... El primer tesoro. ¡Qué alegría para la madre enferma! Porque él, Leví, lo tenía todo bien pensado. ¡le quedaba tanto tiempo para pensar a solas en las horas de guardia del turno de noche!

Engordaría su cordero, le descubriría el sendero de los mejores retazos del prado, lo haría grande, hasta que valiera como dos ovejas. Y luego lo cambiaría, compraría las dos ovejas a cambio del cordero. ¡Qué pena venderlo cuando ya serían tan amigos! Pero él, Leví, necesitaba las ovejas, no por él, que se quedaría más a gusto con su corderito. ¡Pero la madre enferma! Él, Leví, tenía que ganar dinero; y tener un rebaño; y comprar una casa para su madre, para su madre enferma. Con el cordero, dos ovejas. Y luego, más corderillos, una palada de corderillos que engordarían, engordarían hasta valer dinero...

La madre no pudo ver al corderillo. Se limitó a tocarlo, acariciarlo como acariciaba cada tarde a su Leví, apretarlo contra su mejilla. Pero no lo pudo ver. Hacía días que supo que se le escapaba la fuerza de los ojos, se quedaba ciega; no lo dijo hasta hoy al niño. Leví acaba de comprender. Ha dado el corderillo a su madre y ha visto cómo ella tendía las manos al vacío y luego no lo ponía ante los ojos. Lo tocaba, lo abrazaba, le besaba la espalda felpuda. La madre no ve, la madre está ciega. Leví callado, a tres pasos del catre de su madre. Leví, asombrado, entreabiertos los labios, deja que unas lágrimas grandes, descomunales para un niño raquítico como él, rueden mansamente por su cara...

Ahora tiene más prisa por poseer, por cambiar corderos y ovejas hasta conseguir el rebaño necesario para comprar una casa, para pagar remedios: llevar a su madre a ciudades lejanas donde hay médicos que curan enfermos graves. Y todo le quedaba en sueños. Los pastores lo ven más silencioso, más bueno, más retraído. El pobre Leví, dueño de un único cordero, pobre zagal que levanta los ojos tristes al cielo de Belén.

Hace sólo un rato que paso la medianoche. Está sereno el cielo. Naval, un zagalejo de veinte años, jefe inmediato y buen camarada de Leví, ha iniciado su turno de vela y da un paseo alrededor del rebaño. Leví, como cada noche, queda dormido sobre el revoltijo de cayados y zurrones. Media docena de pastores que dialogaban en torno a las brasas en las horas largas de la tarde dormirán hasta la madrugada.

No, hasta la madrugada no.

Leví nunca supo qué había pasado de verdad.

Le despertó Naval, sacudiéndole por un brazo y gritándole prisas. ¡Qué silencio! ¿Cómo es posible? Si acababa de dormirse. Pero ¿qué pasa? ¿Dónde me llevas? ¿Luces? ¿Ángeles? ¿El Mesías? Leví no entiende una palabra. Se frota los ojos. Naval le arrastra, no han de llegar tarde. Se fueron todos, y el rebaño ha quedado solo. Naval dice que no importa, da lo mismo, hay que ver al Mesías. ¿Al Mesías? Luces y ángeles...

Cantaron suave, los ángeles de Belén, que no despertaron a Leví. Se quedó solo.

Ya corrían los pastores al portal, el uno con requesón, con leche, con pan; con nueces y con miel los otros cuando dijo el mayoral que Naval regresara a despertar a Leví para que tampo­co el pequeño faltara al homenaje que habían de rendir al Mesías. Pobre Leví. No comprende, no puede comprender. iQué sabe él del Mesías si apenas algún sábado acudió a la lección de la sina­goga? Siempre con su madre, con su madre enferma. Le irá a con­tar lo que está pasando, quizá ella sepa. «Explícame, Naval». Lo contará a su madre, y de paso acariciará el corderillo que cada día a la puesta de sol lleva a la choza para que durante el invierno pase mejor la noche. No es que haga frío este invierno, pero su cordero merece otro trato. Algunas noches refresca, ha visto él que las ovejas se aprietan unas a otras para calentarse. jQué raro! Naval lo lleva hacia la gruta de Absalón ¿Por qué corremos tanto? A estas horas venir corriendo a la gruta de Absalón... Luces. ¿Habrá fuego? Pero si en la gruta no queda más que un establo viejo y desde la última vez que acamparon aquí los beduinos nadie ha traído leña... ¿El Mesías? ¿Quién será el Mesías, y qué tiene que hacer en esa gruta? Ya llegamos, Naval no nabla, respira fuerte.

Desde un rincón a la entrada de la gruta, Leví contempla el homenaje de los pastores al Niño Jesús. Pasa primero el mayoral. Hay junto al pesebre un hombre joven y una muchacha que sos­tiene en brazos al niño chiquitín. El hombre joven está de pie y la muchacha sentada. El mayoral hace un sin fin de reverencias, se postra ante la muchacha y alarga al hombre los regalos. Y luego pasan todos, cuatro, cinco, los seis pastores; y Naval. Repiten las inclinaciones, se arrodillan. Sin darse cuenta, en su rincón, Leví también se ha puesto de rodillas. Lo ha visto, lo ha mirado todo, pero al fin los ojos quedan clavados en el niño chiquitín. El Mesías... Así, tan pequeñito. Y blanco, tan blanco. Se parece a su corderillo, al cordero de Leví, que ahora dormirá a los pies del catre de la madre. Blanco, igual que el cordero. Qué raro todo esto. Y qué bonito el Niño...

Clavados los ojos en el Niño, Leví no se da cuenta de que salieron todos los pastores. Queda él solo en la gruta. La muchacha será la Madre, le mira, le sonríe bondadosa; y pregunta:

¿Y tú? ¿No tienes nada que ofrecer?

Leví se sobresalta. Mira a la señora, otra vez al niño, mira al hombre...

No contesta, da una sonrisa a la sonrisa de la señora bonda­dosa. Se levanta. Media vuelta, y sale disparado. Corre Leví. Tú también tienes algo que ofrecer. Corre. No sea que se vayan. El Mesías. ¡Qué niño tan blanco! Detrás el hombre. Y la señora. Leví no regresa al campo de los pastores. Va, corre a su choza, a la cho­za de su madre. Él también tiene algo que ofrecer, si, a la guapa señora.

Ha entrado de puntillas en la choza. La madre duerme y no quiere despertarla. Además, tendría que dar explicaciones, ¿qué iba a decir? Él no puede ofrecer más que una cosa al niño y a la seño­ra, una cosa que quiere mucho y que es todo su tesoro.

Ahí está el corderito a los pies del catre. Como todas las noches. Pero hoy será distinto. Leví no piensa, no quiere tener pena. Coge cuidadosamente el cordero, lo abraza, lo aprieta; sale de la choza y otra vez a correr. ¡Cómo corre este chaval! Ha de llegar enseguida no sea que se vayan, él tiene también qué ofrecer, tiene un regalo.

Al trote entra Leví en la gruta. La señora ha dejado al niño recostado en el pesebre. El hombre no está, habrá ido a buscar leña.

-Toma.

Leví alarga sus brazos con el corderito. Toma. Sin palabras. Es todo, todo mío. Toma, mira qué bonito. Se parece a tu niño. Toma, te lo doy. Para él. Y para ti. Ya no tengo más. Toma.

La mujer coge el cordero. Lo acaricia, lo besa. Qué contento pone a Leví verla sonreír. Casi no se acuerda de que ya no tiene cordero, ya no tiene nada.

Y tu ¿qué quieres?

Déjame al niño.

Pero ten cuidado, no lo despiertes.

Ha puesto el niño en la cuenca de los brazos de Leví. No se me caera, no, estoy acostumbrado. ¿Ves que así acariciaba a mi cordero?

-¿Me dejas besarlo?

La mujer sonríe. Sí; sonríe.

Leví ha besado al niño. Un beso largo, en la frente. Un beso suave, cuidadoso, para no despertar al niño dormido.

Ahora Leví devuelve el niño a la señora. Un ademán casi brus­co, rápido. No dice nada, tiene los labios apretados.

-Adiós, Leví.

No contesta. La señora lo ve salir otra vez disparado corno una flecha. La señora, la señora ya sabe...

Apretados los labios corno si no quisiera que algo se le escapara de la boca. Leví corre hacia la choza. Tampoco esta vez regresa al campo de los pastores. Naval, que le ha echado en falta, viene por el sendero a buscarlo. «Leví ¿dónde vas? Te esperamos. Leví, Leví». Él no contesta. No mira. Corre. Ha de llegar. Te traigo un beso. Un beso del Niño. Es el Mesías. Y su Madre, la Señora. Le regalé el corderito y te traigo un beso. Verás, verás...

La choza. Ahora Leví entra corriendo. Se abalanza sobre su madre, la abraza, ¿qué quieres hijo?, y sin decir una palabra la besa largo, apretadamente en la frente.

-Hijo, hijo, ¿qué me has hecho?

La madre ha sentido un latigazo por sus nervios. Se incorpo­ra. Abre los ojos: ¡Ve! Su hijo, el catre, la choza. Ve. Una sensación de bienestar la invade. Está curada. Mejilla con mejilla, abrazada a su hijo, llora...

Hijo, ¿qué ha sido? Estoy curada, curada…

Leví no contesta. Llora, ríe. No contesta. Nada, madre. Te traje un beso del Niño. Le di el corderito, se lo di, te traje un beso. Y la Señora, la Señora…

Por foro aragón liberal - 26 de Diciembre, 2009, 10:24, Categoría: Cuentos
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Por los caminos del Belén

 25.12.2009.


Por: Manuel de la Hera

En aquella habitación grande de la casa estaba el Belén, que ocupaba mucho espacio pero que no suponía dificultad alguna para la vida normal en la casa sino que, más bien, la centraba a su alrededor.

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Todos, mayores y pequeños, convivían con el Belén y hasta le daban un cierto dinamismo, como el de la vida misma en la que el diálogo se mantiene entre la gente procurando entenderse.

Así ocurría con las figuras del Belén, con las lavanderas en el río y con los leñadores en el monte y también con los pastores, los carboneros, los labradores y hasta con los ladrones, sin olvidar a los Reyes, que estaban todavía muy lejos de la cabaña del pesebre en la que estaba el Niño Jesús con la Virgen, San José, la mula y el buey.

Cada día alguien de casa - de los pequeños o de los mayores - movía a algunas de las figuras haciéndolas avanzar o retroceder por alguno de los caminos del Belén. Tal vez a alguna de las mujeres que lavaban en el río, para tender la ropa o llevarla hasta su casa y, casi siempre, a los pastores que parecía eran los más necesitados de moverse para cuidar bien del rebaño.

A unas y a otros se les hacía la recomendación que se estimaba necesaria y más de una vez había alguna que otra reprimenda a uno de los pastores porque se había perdido alguna oveja de las que tenía que pastorear o porque el lobo, que por allí merodeaba, se la había llevado. A la mujer que sacaba agua del pozo se la advertía del peligro del lobo y se la acompañaba en el camino que conducía a su casa. Y así uno y otro día, yendo y viniendo por los caminos del Belén y cada día todos más cerca del Niño, que esperaba en el pesebre.

El día de Navidad aquellos caminos se llenaban con los que llegaban, de todas partes, para ver al Niño Jesús, que parecía sonreír de una forma especial a todos y cada uno de los que le saludaban. Alguno de los leñadores optaba por bajar del monte por trochas y veredas desconocidas para la gente de las tierras llanas. Tenía prisa por acercarse a la cabaña del pesebre porque había oído que la sonrisa del Niño era puro cariño y él lo necesitaba porque en la soledad del monte todo era frialdad y temores.

Ya han pasado muchos años y ahora el Belén es mucho más reducido. Los caminos ya no están donde estaban en aquella amplia habitación sino que se han extendido por muchos otros lugares; cercanos unos y lejanos otros y son distintos, también, los personajes que animaban aquellos caminos, como distintas son, también, las formas de comunicarse con ellos.

A algunas de esas personas ni siquiera se las conoce personalmente pero a éstas y a las conocidas y a nosotros mismos se nos dice, una y otra vez, cuales son los caminos por los que se llega al Belén, al de siempre, al del pesebre en el que el Niño Jesús regala paz y amor a todos los que se le acercan

Junto a ese pesebre del Belén nos encontraremos cada día, con todas y cada una de esas personas. Las esperamos con verdadera ilusión para contemplar, juntos, la maravillosa grandeza de la Navidad, para felicitarnos unos y otros por la contemplación del Niño Jesús en el pesebre que nos muestra, así, la más completa lección de humildad que se puede recibir.

A todos, con verdadero cariño, Feliz Navidad.

Manuel de la Hera Pacheco

Por foro aragón liberal - 25 de Diciembre, 2009, 19:09, Categoría: Cuentos
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Cuento de Navidad

 24.12.2009.


Por: María del Carmen Antoja

Un niño se acerca a su Portal de Belén, contempla al pequeño Jesús y las lágrimas corren por sus mejillas.

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La mamá de Javi se detiene al lado de su hijo, Javi solamente tiene siete años pero sabe mucho de  amor. La jóven mamá espera un bebé, está de pocas semanas pero Javi ya lo sabe porque de noche le despertaron los gritos de sus papás, ellos discutían porque el nuevo bebé no entraba en sus planes, primero tenían que acabar de pagar la hipoteca de su casa, comprarse un nuevo coche, ya que el que tienen lleva cuatro años rodando, los gastos son muchos y un nuevo hijo les viene a desbaratar su economía.

Javi sigue llorando junto al Belén, su mamá le pregunta ¿por qué lloras hijo? el niño responde, ves mamá, Jesús nació pobre, no tenía ni siquiera una cunita dónde dormir, pero sus papás le querían mucho, yo quiero a mi hermanito, le prefiero a él, antes que a un coche nuevo, yo le dejaré mi ropa y mis juguetes, le enseñaré a jugar y a reir, cuándo yo nací, ¿tampoco estábais contentos? ¿no me queríais? sabes mamá, esto es lo que me pone triste.

La mamá de Javi se conmovió, entonces ella observó con detenimiento el Belén que todos los años ponían en su casa, nunca se había fijado en la pobreza del nacimiento del Redentor, su niño le había mostrado la realidad de la vida, y es que, el amor supera todos los obstáculos, los bienes materiales están a nuestro servicio, pero ante todo está el ser humano.

A partir de aquél día los papás de Javi esperaron con inmensa alegría el nacimiento de su segundo hijo, el Nacimiento de Jesús fué el mejor ejemplo para ellos y Javi fué muy felíz al ver que toda la casa rebosaba alegría esperando la llegada de su nuevo hermanito.

Por foro aragón liberal - 24 de Diciembre, 2009, 16:01, Categoría: Cuentos
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Carta de Navidad

15.12.2009.


En Aragón Liberal
 
La estrella de la Navidad no es Papá Noel con su gran despliegue de generosidad y simpatía. Tampoco lo es el árbol que todos adornamos profusamente, ni siquiera los niños con su alegría. ¿Sabe alguien quién es, lo que hoy nos diría? Jesucristo, el Dios hecho hombre habla al mundo en vísperas de su venida y lo emplaza a considerar el significado de estas fiestas. “¿No es absurdo que en una celebración se olvide al celebrado?¿No es peor aún que se sigan felicitaciones y abrazos por un motivo desconocido? Yo, Dios, os digo: comenzad a caminar por el camino que Yo os he enseñado. No malgastéis tiempo ni dinero en festejos vacíos, más bien considerad que Aquel que os amó de modo singular y perfecto está por nacer en vuestro mundo. No me apartéis de vosotros, no me posterguéis como un atributo pasado de moda. Yo estoy con vosotros, sigo con vosotros y os invito a uniros a mí. Sólo en Mí encontraréis el alivio que necesitáis, sólo en mí está la paz del corazón y la alegría perpetua. Venid a mí, arrodillaos ante el Amor que os salva para que os dé nueva vida y alcancéis mi cielo.”
 
Clara Jiménez

Ver:

Mi cuento de la Navidad: palabras de Navidad.

Por foro aragón liberal - 15 de Diciembre, 2009, 19:43, Categoría: Cuentos
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Un cuento de Navidad. Papa Nöel y San Nicolás

Es contestación a éste( El Papá Nöel convertido )de Carmen Antoja y en su honor.



Un día San Nicolás le pidió a Dios bajar a la tierra para ver cómo se festejaba la Navidad, ya sabía que él era el preferido de los niños del norte de Europa y que era a quien invitaban a entrar en sus casas... pero los pedidos habían disminuido mucho últimamente.

Dios no le quiso dar un disgusto pero tanto insistió el Santo que le dejó ir a la tierra de incógnito y así es como bajó con su "mitra" como bastón y transformado en un ejecutivo moderno.

Cuando entró en Oslo vió que había un hombre gordo, con barba, que olía a cerveza y que decía "jo, jo, jo... feliz Navidad"... le preguntó quien era y éste contestó: Santa Claus, Papa Nöel, el rey de la Navidad.

Así supo San Nicolás que le habían dado el cambiazo en una fábrica de bebidas de refresco y se puso a pensar.

Se mostró con todo su poder a ese bueno de Papa Nöel, que afirmó que él, en gordo de traje rojo estaba contento de traer ilusión a los niños y que los niños católicos cantaban al Niño Dios.

Visto el destrozo, llegaron a un acuerdo y reunidos todos los papa nöeles unos decidieron seguir cantando la Navidad, reconocer que eran súbditos de San Nicolás y que adorarían al Niño Dios... a estos les salieron unas alas blancas que sólo los niños buenos pueden mirar.

Otros siguieron con sus cervezas y se echaron a perder. No tienen alas blancas pero tampoco negras, porque a pesar de todo... ¡Anuncian la Navidad!

Volvió San Nicolás al cielo algo compungido, pero el Niño Dios le consoló porque "donde hay una sonrisa de un niño, ahí sonríe Dios"

frid

Por foro aragón liberal - 21 de Diciembre, 2008, 22:22, Categoría: Cuentos
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El Papá Nöel convertido

22.12.2008.



Por: María del Carmen Antoja

Mi prima Teresa que vive en Huesca vino a verme a Barbastro y me regalo un Papá Nöel muy gracioso.

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Ella sabe que a mi me gustan más los angelitos y los Reyes Magos, pero en la tienda se habían terminado, así que le ofrecieron un Papá Nöel, a Teresa no le gustó la idea pero la convencieron cuándo le explicaron que se trataba de un Papá Nöel convertido. A mi me encantó el regalo y lo he colgado en un espejo. Esta noche le he preguntado a mi nuevo personaje cómo había sido la historia de su conversión, entonces el pequeño y gordito Papá Nöel me ha explicado su vida. El estaba vagando por el cielo con su trineo cargado de juguetes para los pequeños y regalos para los mayores, los ciervos le obedecían y no paraba de dar vueltas y vueltas por todos los rincones del mundo, pero sin embargo no era felíz, quería repartir alegría a los demás llevándoles muchos obsequios pero no sabía por qué lo hacía, le habían encomendado ésta labor y él la cumplía sin rechistar, pero siempre le asaltaba la duda ¿por qué tengo que llevar tantos regalos? No entendía el motivo, ¿Será porque ponen calcetines en las chimenéas?

El pobre Papá Nöel no entendía nada, ¿Por qué la gente se reúne y comen y beben sin parar? ¿Por qué ponen luces de colores en las calles y adornan las casas? Todo esto es muy bonito pero no entiendo su significado, decía para sus adentros. En éstas estaba, cuándo de prontó se cruzó en el cielo con un angelito que llevaba una túnica azul y unas grandes alas blancas, cómo los dos eran muy educados ,se saludaron efusivamente, ¿a dónde vas tan deprisa? le preguntó al ángel, éste le respondió voy corriendo al Portal de Belén a adorar al Niño Jesús. ¿Y quién es ese niño? Preguntó Papá Nöel, entonces el angelito le explicó que ese Niño era Dios, que había venido al mundo para salvar a todos los hombres, verás le dijo el ángel, en la Tierra se celebra su venida, los cristianos hacen grandes festejos, van a la Misa del Gallo, cenan con los familiares y se hacen regalos para celebrar su nacimiento.

En aquél momento Papá Nöel comprendió lo que pasaba, él repartía regalos sin saber el motivo para ello, ahora ya lo sabía, Dios estaba entre los hombres y él ambién quería ir a adorarlo, así se lo hizo saber a su nuevo amigo, entonces el ángel muy contento le dijo, ahora soy yo quién te va a hacer un regalo a tí, y al Papá Nöel le crecieron unas grandes alas blancas. Papá Nöel se convirtió en angelito.

Por foro aragón liberal - 21 de Diciembre, 2008, 21:48, Categoría: Cuentos
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Mi cuento de la Navidad: palabras de Navidad.

En Cuentos desde mi pecera.

frid


Los niños vuelan en ese indefinido entre imaginación y realidad, recrean mundos que no son reales pero en los que son muy felices. Ensayan la vida posterior pero saben que eso se acaba cuando dejan de jugar.

Si para esos niños el drama permanece cuando dejan de jugar, la madurez y el dolor les pueden acompañar el resto de su vida. El niño juega y es feliz en el juego aunque le toque ser el malo que pierde después de haber sido "muy malo".

Los niños miran el Belén y siempre le toca a uno ser Herodes que va con saña persiguiendo "judíos y ovejas u otras figuritas del Belén" y los padres entran en el juego y les muestran qué es lo principal del Nacimiento.

Con la lección aprendida ya saben que hay tres figuras a las que han de tratar con muchísimo respeto: el Niño, su Madre y José. Para ellos es el Belén.

Y, a veces, se ve al pequeño mirando el Nacimiento y diciendo para sus adentros a Jesús Niño, que es niño como él y que... bueno... que le promete ser bueno. Y esa palabra, dicha al Niño de Dios, es palabra que revota, que va y vuelve. Jesús es la Palabra y crea con ella la bondad en el pequeño pedigüeño.

Muy buenos se vuelven los zagalitos esperando que otras figuras que mueven a su antojo acercándolos o alejándolos del Pesebre se porten bien con ellos.

Sus voces van acompañadas de cartas, cartas que llevan ilusiones, cartas pidiendo la Luna. Ahí, entre sus padres y ellos la "palabra" no es creadora, no es omnipotente. Pero puede arropar la realidad diaria con el oro del cariño... que ese sí que puede ser inmenso.

Palabras más limitadas pero que tienen un resquicio que conecta con la eternidad: ¿Deseos de paz y amor?. Si entran en el Pesebre y abren el corazón al Niño Dios... esos deseos crecen y se hacen inmensos. ¡Tan inmensos que no hay límite humano!

Hubo una niña albanesa que dijo que sí al Niño Dios delante de un Pesebre... hace muchísimos años... y fue diciendo que sí a ese Niño al que vio en una Cruz enclavado y su trabajo y el de sus hermanas llegó a miles y miles de hombres siendo las manos, la sonrisa y el corazón de Dios.

Palabras de Navidad sembradas por niños en un Pesebre. Pero quien está ahí, entre pajas y "desnudito" es Dios y su paga es la paga divina.

Muchos de esos niños de hoy llevarán después de Navidad, como regalo de Reyes, una semilla de Amor tan grande como la de Madre Teresa. Es cuestión de que la cuiden y también lo hagan sus padres.

Niños que llevan tesoros, tesoros divinos. ¡Cuidadlos que es Navidad!

Por foro aragón liberal - 13 de Diciembre, 2008, 16:39, Categoría: Cuentos
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