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Jorge Enrique Mújica
Hoy
por hoy somos testigos del vacío de significados al que se está
sometiendo nuestra cultura cuando, directa o indirectamente, se
tergiversan y confunden las fiestas religiosas añadiéndoles elementos
del todo ajenos o suprimiendo la realidad última que conmemoran.
Gran parte de las fiestas que celebramos, por
ejemplo Navidad, tienen un claro origen religioso. Cuando, hace años,
muchos pueblos entraron en contacto con el cristianismo, tomaron
conciencia de la verdad y significado que estaba detrás de cada
conmemoración.
Con esa convicción, el hombre de distintas épocas fue buscando una
expresión para manifestar esa riqueza. Lo hizo y lo ha seguido haciendo
a través de la literatura, la danza, la pintura, la escultura, la
música, la arquitectura, etc. Fue así como nació y se desarrolló,
dentro de los distintos matices geográficos, lingüísticos e históricos
particulares de cada pueblo, la cultura cristiana que llega hasta
nuestros días.
Una cultura sin significados
Hoy por hoy somos testigos del vacío de significados al que se está
sometiendo nuestra cultura cuando, directa o indirectamente, se
tergiversan y confunden las fiestas religiosas añadiéndoles elementos
del todo ajenos o suprimiendo la realidad última que conmemoran.
Y podría parecer un detalle sin importancia pero tan grave es que
podemos llegar a perder la propia conciencia histórica y la identidad
cultural como pueblo. Algo así como perder la memoria en medio de un
mar de personas a las que les ha sucedido lo mismo: el no conocer el
dónde venimos y a dónde vamos.
La cultura es el conjunto de las manifestaciones en que se expresa
la vida tradicional de un pueblo. Parte de esas manifestaciones son las
fiestas religiosas como la Navidad. Ante la cultura sólo caben dos
posturas: la de los que van contra ella o la de los que la promueven.
Se va contra la cultura cuando se cae en laicismo, reduccionismo, sincretismo o consumismo.
¿Qué es el laicismo?
Se cae en laicismo cuando en nombre de la aconfesionalidad del
Estado y el “respeto” a los demás credos, se suprime el Nacimiento en
las escuelas públicas (donde, además, la mayoría de los alumnos son
católicos), se habla de “fiestas de invierno” en lugar de Navidad, se
prohíben las felicitaciones con referencia explícita a la Navidad o se
cambian por imágenes de montañas nevadas y monos de nieve, las portadas
de las tarjetas o adornos que hasta hace poco tenían alusiones abiertas
en relación al Niño Dios, a la Virgen María o a los Reyes Magos.
El reduccionismo
Se cae en reduccionismo cuando se atenta contra la cultura al
desacralizar las fiestas, al ir introduciendo elementos paganos que
ninguna relación tienen con ella. Piénsese en la Navidad, cuando se le
da un protagonismo indebido a “Santa Claus” llegando, en algunas
partes, a sustituirlo por Aquel por quien tiene sentido la Navidad
misma: Jesucristo.
El sincretismo
Se cae en sincretismo cuando a las fiestas cristianas, constitutivas
de la cultura, se les añaden matices de otras religiones como buscando
su fusión; es sincretismo buscar, en la doctrina de otras religiones,
una explicación al misterio cristiano. Lo que se provoca es la
confusión y el desconcierto más que la verdad.
El consumismo
Se cae en consumismo cuando se reduce la celebración religiosa como
la Navidad a objeto de consumo; es lucrar con ella despojándola de
sentido y condicionándola a la ley de la oferta y la demanda.
Conocer, profundizar y defender los orígenes de nuestra cultura
Promover la cultura es conocer los orígenes de ella, profundizar en
ellos, defenderlos y transmitirlos. ¿Pero es que también la puede
conocer, profundizar y defender un no creyente o quienes no profesan
ninguna religión? Sí. Y es que promover la cultura, con las
implicaciones religiosas que conlleva, no es necesariamente sinónimo de
creer o comulgar con ella sino de valorar lo mucho que el cristianismo
ha aportado a la vida de todos los hombres sin distinción.
Gracias al factor religioso católico nuestra cultura no es cualquier
“cultura” sino una cultura rica y madura gracias precisamente a ese
elemento. Por el legado cristiano la esclavitud desapareció, la moral
llegó a la vida de todos los seres humanos, la mujer fue dignificada y
se salvó la herencia clásica; bajo el cobijo del papado nacieron las
universidades, se desarrolló la doctrina de los derechos humanos, se
pusieron las bases de la democracia moderna y se aportaron importantes
avances en materia científica, filosófica, teológica y de muchas otras
ciencias y artes.
La Navidad es el acontecimiento que cambió la historia y eso es
innegable. No hay ningún otro evento que de tal modo lo haya hecho. Tan
es así que a partir del nacimiento de Jesucristo (si bien hay algunas
imprecisiones al momento de determinar el tiempo exacto del natalicio)
contamos los años.
Conocer los orígenes no es sólo ir a la búsqueda histórica de los
inicios festivos de las celebraciones sino indagar en todo lo que
conllevan de significados. Profundizar en ellos es tratar de “penetrar”
el misterio de la relación de Dios con los hombres, su amor por cada
ser humano, su encarnación, vida, muerte y resurrección, hasta
convertir la búsqueda en oración.
Defenderla es reconocer lo mucho que de bueno hay en ella, es
valorar lo que ha hecho por el progreso de la humanidad; transmitirla
es procurar que muchas generaciones más la conozcan con la debida
pureza, sin manchas, íntegra. Y para eso no debemos permitir que las
fiestas religiosas como la Navidad sean adulteradas.
Tampoco podemos permitir que se invoque la aconfesionalidad del
Estado para que sean sofocadas. Si el Estado no tiene religión propia
es porque tiene el deber de proteger a todas las religiones, empezando
por la mayoritaria, que libremente quieren profesar y vivir sus
ciudadanos. La obligación del Estado aconfesional es respetar y apoyar
las manifestaciones religiosas de los ciudadanos; más todavía cuando
esas manifestaciones no atentan contra la dignidad humana sino que la
ayudan y hacen al hombre ser más hombre.
Si de verdad queremos defender la cultura, debemos velar para que
las fiestas religiosas no se transformen en ocasiones para el consumo
sin más; en “fiestas comerciales”. Permitirlo sería renunciar al legado
cultural que llevan consigo.
La cultura en un pueblo es como la harina en un pastel, el agua en
un caldo o la grenetina en una gelatina. Sin harina no hay pastel, sin
agua no hay caldo y sin grenetina no hay gelatina. No se puede vaciar
de contenido a las fiestas religiosas porque son parte constitutiva de
la cultura. Permitirlo o hacerlo, es el primer paso para enterrar a la
sociedad. Sin cultura, sin nuestra cultura, subestimamos quiénes somos,
de dónde venimos y hacia dónde vamos.
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