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Homenaje a Dickens. Un cuento de Navidad


Dickens debería volver a la vida y, como un fantasma, aparecersele a la cruela profesora de Málaga, esa que arrojó el Belén a la basura. Ella sería el nuevo personaje para ese cuento que acaba bien, porque es Navidad y los malos son tocados por la gracia, la gracia del Niño Dios, y se enternecen y se hacen humanos.

Entrañas no tenía el viejo del cuento, entrañas parece que no tiene la profesora malagueña y así podría comenzar nuestro cuento.



El invierno no acababa de llegar ese año, parece que el calor sofocaba más y más el ambiente y la tensión de los exámenes, evaluaciones, consejos escolares y demás reuniones y trámites que agobiaban a la señorita Cruela. Ella siempre tan eficiente, todos en su clase no se atrevían a rechistrar. ¿Felicidad? por qué, el mundo había sido cruel con ella y ahora esos niñatos, mocosos, mimaditos por su mamá no tendrían por qué venir tan alborotadores, además cantando esas melodías navideñas, villancicos infantiles. Además, a ella no le gustaba que le viniesen con rifas, escusas para sentir ternura en el corazón, rifas que decían que servían para proporcionar alimentos a los pobres del suburbio malagueño.



Si ya no hay pobres, si eso es mera escusa para que los niñatos se enternezcan. El mundo es cruel, díganselo a Cruela, solterona y ya dejando pasar la edad. Si a ella no la quería nadie, si ella había sufrido tantos desengaños en los experimentos del amor progresista es que el mal estaba ahí, era una realidad incuestionable. Ese Niño Jesús ¿qué va a hacer entre tantas pajas, bueyes y mulas? Y los pastores, panda de ignorantes en el mundo de la Informática. Los Reyes, los poderosos del mundo. Sólo Herodes, progresista, cuya voluntad era el poder valía la pena. Por dejar escapar a los Reyes Magos dejó pasar la oportunidad de silenciar todo este jaleo. Además tenía ya jaqueca de oir tanto bullicio infantil.

Pero encima, ese profesor insolente, ese joven y sonriente profesor de Religión, había hecho un concurso de cristmas navideños, y ¡un Belen! ¡Oh, no soporto la presencia de ese Niño! no sé que tiene que me exaspera...

La historia pasó a los medios de comunicación, la nación entera se alteró. Comunicados de entidades de profesores, cartas a los medios, incluso un Obispo intervino; pero mis tres o cuatro amigos, esos con los que procuro ser la última en irme porque despellejan al más pintado con sus lenguas viperinas, por una vez me aplaudieron.

Noche de Navidad, sóla está la profesora con su proeza. Las paredes desnudas, no hay lugar para una felicitación. De Cruela ya no se acuerda nadie. Ni jamones, ni botellas de champán, ni ningún tipo de regalos. Sus hermanos ni se atreven a llamar ese día por no oir sus quejas.

Se mira en el espejo y se ve dentro y dentro... seca y seca. Oh soledad que me miras ¿qué me dirás en este día? Se encuentra dentro del espejo con la realidad invertida. Se ve niña, muy niña. Iba con su mamá a ver los belenes del Mercado y le hacía una ilusión grande comprar una ovejita para el nacimiento familiar. Pero su mamá se había transformado, era otra señora, una Cruela, como ella pero más delgada y áspera, se le clavaban las uñas en su carne infantil. Lloraba. ¡No iban al mercado! donde Julio el frutero, le ofrecía siempre una mandarina. Iban al Hospicio donde la iban a abandonar porque habían decidido que viviera la soledad desde la infancia, el amargor y la falta de amor desde la edad de la ternura. Lloraba hasta que se despertó asustada. Ahí estaba la Cruela de todos los días con su tristeza a cuestas.


Cansada se sentó en la mesa camilla, para hacer sudoku tras sudoku en su soledad de todos los días. Los cuadros se transformaron en rejas. Se encontró con los ladrones para sufrir el suplicio de la Cruz, junto a ella un personaje sereno, inocente, con mirada de amor. Ya coronado de espinas le sonreía, a ella, a la que nadie quería. Él se ofreció para llevar la cruz de Cruela y dejarla ir por el mundo libre y confiada, amada y querida.

Gran desconcierto, esa cara le recordaba al Niño que tiró a la Basura. Cruela se miró en el espejo y vió una lágrima que le caía por la mejilla. En la lágrima vió un Pesebre, en el pesebre una Cuna, junto a la cuna a José y María. Y vió que ella vivía gracias a ese Niño, que se hacía ella para sufrir por ella.

Lágrimas de amor corrieron por las mejillas de Cruela. Y cambió. Es un cuento de Navidad y acaba bien.



En Enero era otra. Ya no la llamaban Cruela, se le acercaban los niños felices enseñándole los regalos del Niño Dios, de Papa Nöel, de los Reyes Magos y les sonreía. Le fueron mejor las cosas y la llamaron desde entonces Dulzura.

frid

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Por foro aragón liberal - 23 de Diciembre, 2007, 20:49, Categoría: Cuentos
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