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Día
23 IV Domingo de Adviento
fluvium
Evangelio: Mt 1, 18-24 La generación de
Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada
con José, y antes de que conviviesen se encontró con que
había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo,
como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó
repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un
ángel del Señor se le apareció en sueños
y le dijo:
—José,
hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo
que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará
a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él
salvará a su pueblo de sus pecados.
Todo esto sucedió
para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:
"Mirad, la virgen
concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán
por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros".
Al despertarse, José
hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado,
y recibió a su esposa. Y, sin que la hubiera conocido, dio ella
a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús.
Al modo de Dios:
A
cualquiera nos resulta evidente que el mundo que contemplamos y su
concreta configuración no se debe a nosotros mismos. Es algo
que reconocemos, que captamos con más o menos profundidad,
intentando tener un conocimiento lo más exacto posible de esta
realidad, así como de las normas o leyes que rigen el comportamiento
y destino de cada uno de los seres que componen nuestro mundo. El
hombre no es creador, sino, en todo caso, descubridor de una realidad
anterior a él mismo, en la que está incluído,
con las excelentes características que lo determinan como persona:
pero es uno más de los seres existentes en el mundo.
Constituído
sobre el resto de la Creación, el hombre no se ha otorgado
a sí mismo esta superioridad, pues ninguno nos hemos conformado
en personas, ni decidido, por tanto, nuestro modo de ser. Más
bien, nos corresponde descubrir y aceptar nuestra propia verdad, como
condición previa para todo comportamiento personal ulterior,
pues, sólo a partir del conocimiento propio cabe pensar en
una acción verdaderamente libre y humana. De hecho, nada más
llamamos humana, a aquella conducta que es libre: decidida por cada
uno, en la que el sujeto no se siente forzado a actuar, y de la que
conoce sus diversas posibilidades de acción y las consecuencias.
Como
conclusión del relato evangélico que hoy consideramos,
dice el evangelista que al despertarse José
hizo como el ángel del Señor le había mandado,
y recibió a su esposa. José actúa libremente,
aunque no llevara él la iniciativa, queriendo secundar en todo
la voluntad que Dios, a través del ángel, le mostraba
como divina. Tenemos en él un ejemplo permanente de fidelidad
a la vocación, pues, cada vez que aparece en los escritos evangélicos,
lo vemos colaborando con la misión del Verbo encarnado –que
se le confió como hijo–, en ocasiones recibiendo indicaciones
de parte de Dios que le concretan de modo explícito lo que
espera de él.
En
esto está la grandeza de José. Humanamente no es un
personaje famoso de su tiempo, ni aparece para sus parientes y conocidos
como autor de grandes hazañas; sin embargo, sólo con
su vida –ordinaria casi siempre–, porque en todo momento
respondió a las llamadas divinas, ha merecido un puesto de
privilegio en la Gloria del Cielo, y ser recordado con admiración
por todos los cristianos.
En
este tiempo nuestro, cuando para muchos parece decisivo triunfar ante
la gente, y que en eso estaría el valor personal; el Esposo
de María nos enseña verdadera eficacia y sencillez:
José cumple lo que Dios esperaba de él sin pensar en
el propio lucimiento ni en satisfacciones personales. Actúa
tan sólo a impulsos del querer divino, de modo que le basta
conocer lo que el Señor espera de él para procurar ponerlo
por obra, empleando para ello lo mejor de sus cualidades. Fe, esperanza
y caridad eran hábitos corrientes en su conducta. Es más,
por la docilidad con que reacciona a los estímulos sobrenaturales,
manifiesta cuánto le movía ya en la tierra el amor de
Dios. Un amor plasmado en obras de fidelidad: obediente enseguida
a la indicación del ángel de recibir a María
como esposa, en contra de lo que él ya había decidido;
o, como veremos, poco tiempo después, saliendo enseguida, en
plena noche hacia un país extraño, porque fiado del
aviso recibido, también en sueños, descansa en la esperanza
de encontrar en Egipto el mejor lugar para establecer su familia,
por increíble que pudiera parecer, con las razonables dificultades
del viaje y las demás incomodidades, lógicas en una
tierra desconocida.
Las
páginas del Evangelio, como ésta que hoy consideramos,
pueden movernos al examen: ¿me intrresa en realidad descubrir
lo que agradará más al Señor en mi modo de actuar?;
¿hasta qué punto y con qué diligencia sigo lo
que me pide, lo que reconozco que es su voluntad para mí? Porque,
viviendo de modo consciente en la presencia de Dios, nuestra vida
ha de ser de fe, esperanza y amor. Pidamos por ello a Dios, Nuestro
Padre, de quien procede todo bien y que nos quiere santos, que aumente
en cada uno las virtudes teologales, para tener así realismo
sobrenatural; y que, firmemente apoyados en la materia de este mundo,
podamos vivir vida de hijos de Dios. La mente de cada uno, atenta
al destino para el que nos quiere el Creador, gobernará la
conducta nuestra haciéndonos estar plenamente en las cosas
de este mundo, pero sin reducirnos a lo mundano. Comprobaremos así
que hasta lo más terreno, si forma parte de la vida de los
hombres, puede y debe ser sobrenatural, capaz de manifestar amor a
Dios, que eso espera de sus hijos en cada instante.
La
nuestra será, como la de María, una vida de fe, esperanza
y amor. Será, como la suya, aunque el dolor acompañe,
una vida colmada de rico sentido e inmensamente feliz, en la presencia
de nuestro Padre del Cielo.
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